30 de octubre de 2013

Crónica de un día en Jefatura de Estudios en un IES cualquiera.

Hoy me ha llegado esta pequeña joya y me he hartado de reir, espero que vosotros/as también lo disfrutéis.

TÍTULO: DIARIO DE UN JEFE DE ESTUDIOS.
Un día cualquiera.
Hoy, como todos los días, me persono en el instituto tempranito, antes que mis colegas aparezcan revoloteando por estos lares, sobre las 7:00. Este periodo, mientras llegan mis compañeros y la tropa de alumnos, es un bálsamo de paz y de productividad, me da tiempo a todo. Abro el ordenador y, para acompañarme relajadamente, me pongo algo de Pink Floyd de fondo mientras preparo los partes de clase anotando las expulsiones programadas del día y los deposito en el mostrador del conserje para que cuando llegue proceda a su reparto; recojo los partes de alumnos del día anterior y los archivo. Anoto en el parte de guardia de profesores las posibles ausencias y los profesores sustitutos que han de suplirlas; recojo el parte de expulsiones del día anterior, reparto entre los casilleros de los tutores las faltas de sus alumnos de la semana anterior, etc, etc.











A partir de las 7:40 empiezan a llegar mis compañeros, siempre en un orden riguroso e invariable, primero oigo el taconeo de Livia por el pasillo, a los pocos minutos es Miguel Angel el que llega, inmediatamente María José y así todo un rosario hasta los dos o tres últimos que, presurosos, acceden al centro cuando ya el timbre anuncia el comienzo de la primera clase. Mientras, en la sala de profesores departimos amigablemente antes de empezar la faena cotidiana, como una pequeña y bien avenida familia nos contamos nuestras cuitas personales, nos reímos con este o aquel y, últimamente, nos cabreamos sobremanera con cada noticia nueva de recorte o bajada de sueldo, eso sí, todos atentos por si suena el teléfono, porque de hacerlo tenemos problemas: enfermedad, niños, atasco, lo que sea, algún profesor no va a venir y alguien la tiene que pringar por él.
Y comienza la batalla, la de todos, pero la mía en particular. Mi batalla.
ACTO 1º
8:05. Recién tocado el segundo timbre para entrar en clase aparece en mi despacho nuestro ínclito conserje con cuatro alumnos para decirme que se han colado en el Centro por la puerta de entrada de profesores después de tocar el timbre.
- ¿Ricardo que hago con ellos?
(¿Y donde se supone que estabas tú? ¿Y la puerta porqué estaba abierta? Y además, leches, si sabes lo que tienes que hacer, por qué vienes a preguntármelo). Todo esto me viene a la mente como un relámpago, pero me callo como un zorro para, iluso de mí, empezar bien el día.
Impertérrito, con la mirada adusta, le digo que siga el protocolo, es decir que los mande a sus casas y que vuelvan con un justificante oficial firmado por alguno de sus progenitores para poder acceder al centro después de tocar el timbre y cerrarse las puertas.
8:40. Aparece en la puerta de mi despacho uno de los alumnos anteriormente expulsado acompañado de su hermano (¿Cómo co… ha llegado este tío hasta aquí?¿donde esta el conserje para impedirle la entrada?), un maromo de uno noventa de altura, pectorales como platos y unos bíceps como los de Nadal después de llevar 3 horas pegando raquetazos, y va el puñetero niño y, señalándome, le suelta a la masa:
- Este es el que me ha echado.
Educadamente me presento e intento explicar la situación:
- Yo no he echado a nadie, me he limitado a aplicar la normativa vigente aprobada en el reglamento del centro para estos casos, etc, etc .
Todo esto en el pasillo de mi despacho, separados por apenas 40 centímetros de aire y con la tensión mascándose en el ambiente.
Tal como este era el maromo, como para no acojonarse


Mientras intento hacerle comprender al saco de músculos lo correcto de mi proceder, observo, no sin cierta preocupación, que las cejas se le van juntando y que el rictus de su cara va cambiando de una cierta relajación a un evidente nerviosismo; pero le echo cojones y sigo apabullándolo con sólidos y contundentes argumentos. Me para, me mira con evidente desdén y sentencia:
- Eso son jilipolleces, como mi hermano pierda otra clase por una tontería como esa, me vengo pa aca, arranco la puerta del “colegio” y la pongo en medio de la calle”.
Acto seguido apostilla que no quiere saber nada más, se da media vuelta y se va, mientras yo, en un evidente acto de valentía, le estoy diciendo a una espalda que se aleja: - Le advierto que si tal eventualidad se produce me veré obligado a ………….”

ACTO 2º
9:40. Se supone que estoy en aula realizando ejercicios de Matemáticas, pero en realidad tengo a una alumna en mi despacho haciendo un examen porque el día que tenía que hacerlo tenía la regla y le produjo una jaqueca terrible (palabras textuales de su madre), a los otros en su aula realizando una colección de ejercicios que les he preparado esta mañana y, mientras, yo estoy en el ordenador metiendo en la base de datos del centro las veinte expulsiones y los ocho partes directos que mis queridos compañeros pusieron la semana pasada.
Aparece en mi puerta A.T. (alumno repetidor de 1º, con más tiros dados que las pistolas del Coyote, tres expulsiones del centro en lo que va de curso, once cates por evaluación), remolonea, mira, duda si entrar o no y al final me dice que quiere hablar conmigo, pero no se atreve a hacerlo delante de la alumna que está haciendo el examen.
Condescendiente, salgo y entramos en el despacho del director que en ese momento está vacío.
Antes de que le dé tiempo a decirme nada aparece el profesor que lo ha obligado a venir, le dice que me enseñe lo que tiene en el bolsillo y ¡sorpresón morrocotudo¡ en la cartera del mocoso aparece un librillo de papel de fumar y una piedra de hachís del tamaño de la cagarruta de un mono. Lo requiso.
Llantos al canto. Y la letanía de siempre.
- “no se lo digas a mi padre, que me mata”
- “déjame que lo tire al vater”
- “vaya mierda de centro




Como a este se le iban a poner los ojos si no le quito la piedrecita
Hablo con la madre por teléfono para comunicarle la incidencia. Cosa extraña, me deja hablar sin interrumpirme y cuando le he explicado con pelos y señales todos los pormenores del asunto, con voz de falsete, compungida, me contesta
- “me deja usted de piedra, no me lo pueeeeeeeedo creer. No, no, noooooooooooo... Este niño, este niño acaba conmigo, seguro que acaba conmigo de un sofocón, su padre, su padre lo mata cuando se entere”,
Para acto seguido, cambiando de tono, apostillar
- “pero ahora estoy en el trabajo y me es imposible del todo salir, ya lo cogeré cuando salga”.
La tranquilizo y le digo que el alumno permanecerá en el centro hasta la hora de la salida; que la mercancía requisada estará bien guardada en mi despacho a su disposición para que ella, si gusta, compruebe la veracidad de mis palabras y, en un acto de osadía inusitado y políticamente incorrecto, me permito aconsejarla que, luego, cuando el niño salga del centro y lo tenga a tiro, le pegue dos buenas hostias, que yo no puedo, pero que ya, ya me gustaría a mí.


ACTO 3º
10:05. Nueva incidencia: entra en el despacho mi compañera de educación física y me comenta que un alumno de 2º B (G.P. dos expulsiones del centro, reincidente, todas suspensas) se ha fumado un cigarro en el vestuario del pabellón deportivo y que tiene los ojos como platos, que ella no lo ha visto, pero que sus compañeros de clase cuando han ido a cambiarse se han salido protestando del tufo que ha dejado el muchachito.
Lo llamo al despacho y le pego la bronca, me escucha como el que oye llover y, acto seguido, me dice en toda la cara y por toda la ídem que efectivamente se lo ha fumado.
Motivo: porque tenía ganas.
Consecuencias: me da igual, lo mismo me da.
Concreta y textualmente: me la trae floja
Ahora no puedo pero me apunto en la agenda que mañana, a primera hora, conversación telefónica con la afortunada progenitora de tan preclaro espécimen para que me explique el proceso educativo que ha seguido el personaje.

ACTO 4º
10:30. M.G, de 1º A, 14 añitos, entra en mi despacho llorando. Según me cuenta entre hipidos y sonadura de mocos al entrar en el aula se ha encontrado encima de su mesa una cartita en la que se le acusa de haberse acostado con R. Según ella todo el instituto es un clamor hablando de sus portentosas hazañas sexuales, amén de otras lindezas.
-“mentiras, mentiras, calumnias puras y duras, mala leche y envidia, mucha envidia porque está mu bueno y estas brujas me tienen envidia porque es mi novio y está mu bueno (notabilisimo y repetido argumento para que quede bien clarito) . Yo no entro más en mi clase ni vuelvo al instituto. Mala leche, eso es lo que hay aquí, mucha mala leche”, ”como se entere mi madre me mata”.
Segundo asesinato en menos de una hora, a este ritmo en menos de una semana cerramos el centro por falta de clientes.
El pan nuestro de cada día, nada nuevo bajo estos lares.
La tranquilizo, la siento frente a mí, la miro a los ojos y después de 20 minutos de terapia sale del despacho lozana como una rosa. ¡Lo que se aprende estando casado con una psicóloga!.








Igual me pongo un diván en el despacho para las ocasiones
11:05. Mi compañera R.A. me recuerda que tenemos una cita-careo con una madre para poner unos puntos sobre una íes. Esperamos hasta que a las 11:30 toca el timbre de final de recreo. Plantón y encima sin poder salir a tomarme un cafetito.
Durante toda la mañana he estado atendiendo alumnos que quieren llamar a sus casas porque se encuentran mal, que si me ha venido la regla, que si me duele esto, que si lo otro. Algún día se presenta alguno diciendo que ha sido abducido por un profesor.
No hablemos del urinario, un chorreo de alumnos pidiendo permiso para miccionar. En este pueblo el agua ha de ser de lo más diurética, no he visto mas gente con incontinencia galopante. Me pregunto que va a ser de sus próstatas cuando tengan 40 años.
11:35. Reunión del Equipo Directivo. El dire nos ilustra con el contenido de las dos últimas reuniones que ha tenido con el inspector.
Conclusión: trabajo extra. Mucho, mucho trabajo extra y ni un duro más.

ACTO 5º
12:30. Acabo mi jornada, me dispongo a largarme y aparece nuestra conserje M. L. y me comenta que la madre de uno de los alumnos a los que a primera hora no se les permitió la entrada quiere verme.
Comentario: “la señora está un poco alteradilla”


En un principio le digo que no la atiendo, que ya he acabado; pero me pica la curiosidad, me asomo al pasillo y la veo al fondo, junto al garito de los conserjes, en jarra, como diciendo “aquí estoy yo para leerte las cuarenta”. Me envalentono y entro al quite.

y así un día ... y otro ....y otro.... Lo que nos queda es decir: -Bueno a por el toro....